Anoche me volvió a gustar la música


El Pala y Facu, Show de Simios 24/05/14, Teatro La Comedia, Saladillo

Hoy es sábado y desde ayer todo el equipo de Simios está desparramado por el escenario de pinotea, en las penumbras del teatro La Comedia de Saladillo, mientras los integrantes de la banda se mezclan con los invitados haciendo la puesta a punto del sonido, las luces y la escenografía. Falta un día para el Show, los chicos y ayudantes están desde ayer temprano y el tiempo alcanza, cagando.

El olor a humedad es lo primero que nos pega cuando entramos en La Comedia. El consuelo es que se diluye o se asimila pronto. Es lo primero, quizás lo único que, con el correr de las horas, perderá protagonismo.

El escenario es un mar de cables e instrumentos, la batería sobre una tarima, micrófonos alrededor, pedaleras que minan el paso. En el fondo, un teclado ambienta la escena: es Tito,  está probando sonido. Al costado guitarras, bajos, fundas. Más pedaleras. Alrededor, un telón que nos recubre rodea el cuadro y marca la diferencia, necesaria, entre artistas y público. Pero todavía no, mañana.

En el fondo, detrás de todo eso, el teatro La Comedia nos muestra sus pasadizos con telarañas, su utilería del siglo pasado, un techo tan alto como imaginaba, un mundo desconocido. Al costado, un anafe y un cenicero: agua fría y mate. El Pala se acerca, “voy a calentar agua”, yo me prendo un pucho, ahí, al costado de la banda y escucho una versión instrumental de Thriller con Tino Atala al bajo, como si nada.

Ya en primera fila, sentado como tantos otros amigos que vinieron a la previa, puedo ver el plano general de las tablas. Se acerca Mauro y sube los escalones. Se para en la altura, los organiza con calma profesional: “quiero ver como suenan acá arriba, después lo llevamos para allá”, dice, dibujando con el dedo una flecha imaginaria que apunta hacia mí, el público en general. Todos asienten y siguen las indicaciones. Falta muy poco tiempo, todavía hay mucho por hacer, esta situación podría ser un caos de novela, pero no lo es. En este momento en el Teatro se respira tranquilidad, paciencia, buenos modos. Se nota: todos confían en el de al lado.

Llegan dos personas y empiezan a construir las torres de las luces en el mismo escenario de madera en el que Facu y el Pala prueban los temas acústicos atentos a las recomendaciones de Mauro, todos de acuerdo. Tito sigue tocando de fondo, Octavio hace de nexo entre banda y sonido, porque no puede, no le sale, dejar de lado el detalle.

Un par de temas más para encontrar el sonido que se pretende. Dicho en una línea parece fácil: pasaron horas.

-“Listo. Son las 9 de la noche”

-“Falta la escenografía”

La noche del domingo llegamos a La Comedia cerca de las 21 para sentarnos en el lugar ideal que buscamos probando butacas durante las pruebas del día anterior. La banda se pasó la tarde ultimando detalles. Ahora, la mitad del teatro está ocupada. Media hora antes de la hora programada, la mitad de La Comedia está esperando la apertura del telón. Nos sentamos donde podemos, nos repartimos, no importa, hoy solo importa Simios.

A sala llena se abre el telón.

¿Qué es ser un buen músico?

A veces, los ignorantes, solemos reducirlo a tocar bien, a ser virtuoso en el instrumento, a tocar rápido: la velocidad, pensamos, va de la mano con el talento. Ignorantes, decía.

En las tablas suena Simios a todo galope, un show con fuerza, sutil, con impronta profesional.

La pregunta toma forma de reflexión y a su vez de vivencia personal, porque tuvimos la suerte de ver a los Simios en el día a día, desde lo cotidiano. Entonces va: Ser un buen músico es mucho más que eso. Muchísimo más. Es juntarte con la gente adecuada, tocar el género a tu alcance, saber arreglar un tema para ponerle tu toque y que a su vez siga siendo ese tema, saber cómo y qué proponer, saber negociar, es saber tomar las decisiones sobre momentos, lugares, eventos.

El teatro rebalsa emocionado, el Pala, Adán, Octa, Tito y Facu, todos hacen su Show, con mayúscula. Para muchos un sueño cumplido, para otros un escalón más. Cada uno lo vive diferente y a la vez con tanta humildad. Lo difícil, en el escenario, se vuelve natural y la banda suena y los invitados se lucen.

Ser un buen músico es entender cuál es el rumbo a seguir, saber cuáles son las limitaciones propias y recurrir a la gente capacitada para una mano. Saber delegar, saber compartir, saber brindar apoyo para recibirlo luego. Es, también, confiar en el de al lado.

Y la pausa vino en forma de acústico, como en un living, como se suele arrancar antes de llegar hasta acá. Cómo arrancaron alguna vez tantas cosas.

No es solo tocar bien un instrumento. No es cuestión de juntar 5 que toquen bien y listo. Lo de anoche fue una consecuencia, sin azar de por medio, de un largo camino de buenas decisiones evaluadas y tomadas a conciencia que, en su mayoría, son ajenas a la música en sí, pero que hay que saber tomarlas igual.

El cierre fue emotivo, sonó Lady, el último tema de la noche. Ellos lo sabían y le pusieron todo, como siempre. Sonó como en Cooparte, Mr. Johnes, Galway, La Diligencia, Tiziano Bar, The Cavern, Eter Club, Elvis Bar, ahora en La Comedia frente a 250 personas conSold Out  incluido. Coronaron con abrazo grupal, aplausos, algunos ojos húmedos, aplausos, todos a saludarlos, aplausos. Una despedida que duró lo que tiene que durar: lo que el público permita. Minutos más tarde las luces nos muestran la salida. Y con una nostalgia eufórica partimos.

Anoche me volvió a gustar la música, porque vi el largo proceso y el sacrificio que conlleva.

En el centro de la recepción una mesa y sobre ella el CD: Simios. La frutilla del postre y, sin duda, el mejor símbolo de esta banda: humilde pero serio, a pulmón profesional, un resumen de trabajo y arte, un resumen de Simios en 11 temas pensados, arreglados, ensayados, tocados, grabados y producidos en Saladillo.

Anoche me volvió a gustar la música, decía, porque la volví a entender y por eso, a valorar como ustedes.

Gracias.

Francisco Lanús Büll

Deja un comentario

Archivado bajo crónica narrativa, literatura

Desde el camino largo


Tan pitagoricamente pensado, tan monstruosamente indescifrable, tan cromáticamente perfecto, que da miedo, mucho miedo, tratar de resolverlo. preguntaEl objetivo en este caso es el proceso y no la conclusión: por eso no hacemos trampa. Es que el peor camino de todos suele ser el correcto y por más consolador que suene, sigue siendo el peor. Pero el correcto. Entonces depende de uno si quiere despegar los papelitos o sentarse a pensar por una vida entera el modo de resolver el último de los seis -tan odiosamente adictivos- misterios. No hay forma de quererlo, no hay forma de desearlo, pero siempre nos espera, caótico, pera probar una vez más, siempre una vez más, con la falsa esperanza de que ésta sea la última, de que el proceso se acabe, de alcanzar la conclusión de alguna forma. Porque la honestidad también lleva al engaño, a la resolución sin método, a las curvas del azar. Entonces pateamos el tablero, abandonamos los colores, los giros, los números y las formas, y volteamos esas caras con la esperanza de lo fortuito o la tragedia. Con la esperanza de que alguna vez en la historia el final sea otro y no un maldito cubo irresoluto de colores enfrentados que arruinó nuestras vidas para siempre.

Deja un comentario

Archivado bajo literatura, misceláneos

La vieja escuela clandestina


Se destroza el corazón de la vieja escuela clandestina, golpea duro y duele como la mierda. HombreLlorandoLa vergüenza de saber que los fósiles del pasado están intactos, manifiestos en la esencia de lo que alguna vez existió sobre nosotros, en lugar de. Se siente atado el hombre cuando decide hacia adelante, porque lo mejor es pensarse diferente. Golpea duro y duele como la mierda, saber que uno sabe y no hace caso, saber quién es el culpable y no poder molerlo a golpes. Se siente con la cabeza en contra de la corriente, se niega la esencia de las cosas, todo toma forma de traición y olor a para siempre. El viejo brujo tenía razón cuando hablaba con el viento de nostalgias: “sólo puede haber bosque detrás de un árbol”: solamente bosque. Y eso no es poca cosa, porque lo fácil, lo más fácil es no verlo.

Golpea duro y arde como la mierda, porque de las cenizas suele revivir el fénix, al menos para llorar y sentir pena de sí mismo. Solo podemos decir que no aunque queramos decir que sí, saber que uno sabe y no hace caso, saber que uno partió su corazón cuando negó por tercera vez a la vieja escuela clandestina.

Deja un comentario

Archivado bajo literatura

Todavía Mabel


By Steff

Todos pensamos que somos la excepción a la regla. Quizás eso sea lo que nos convierte en la regla, y la excepción sea aquel que no piensa en ella ni en, justamente, ser la excepción.

Mabel comenzó su vida siendo el centro del universo de todos. Sus padres llegaron a Argentina con lo puesto, literalmente. Ese equipaje, aunque escaso, pesaba más de lo que comúnmente podría imaginarse: un traje gris gastado, un vestido turquesa,  un par de medias de lana, un par de zapatos de hombre, otro de mujer. Sombrero, pipa, collar, par de aros, un reloj, bastón, paraguas. Una billetera con identificaciones y papeles, maquillaje de la dama, una pistola cargada. La idea de un futuro prominente, una panza con poca comida, la otra con un bebé.

Nació en Buenos Aires  y al poco tiempo se había conseguido un novio. Era el hijo del panadero de al lado. Un día el mocito le cayó con una factura y ella devolvió favores con un beso. A la tercera factura la niña lo mandó a mudar. Tenía 7 años.

A sus diez murió el padre por cansancio, su madre poco después de soledad. Dos vecinos, una gorda bruta y su marido castrado, la adoptaron como propia en cuanto recibieron la noticia de la joven huérfana. La educaron como se puede educar desde la ignorancia. Tenía ya 17 y trabajaba para sus padres sustitutos en la calle, vendiendo su cuerpo por algunos billetes, los que hubiese en el bolsillo. Paulina y su marido la golpearon lo suficiente como para que entienda que no era nada para nadie. Ella se refugió en los libros, antigua pasión de sus padres. Se podría decir que se formó a sí misma: todo depende de vos, le había dicho sabio su padre alguna vez. Así, leyó lo que encontró delante y supo reconocer dentro de cada hoja un mundo real y terrible, como el que golpeaba a su puerta cada vez que levantaba la vista del papel. Se juró que sería como Emma Bovary, rodeada de amores, deseada por todos. Cuando terminó el libro, algo la hizo dudar.

Mabel con 20 años, no tenía precedente ni estereotipo. Era una extraña mezcla de todo lo que la rodeó alguna vez y eso, como en su novela favorita, atraía la atención de cualquier hombre y su favor. Su cintura era codiciada, sus ojos grandes y punzantes, su pelo oscuro la hacía salvaje, sus palabras bien preparada. Tenía una risa de esas que contagian al más serio y que rompen el hielo dentro de cualquier habitación. Era la prenda perfecta para el hombre de clase y dinero, ella lo sabía, sabía quién era y lo que quería: ser la Reina.

Tuvo la extraña suerte de que Paulina y el otro la vendieran a un empresario, un tal Correa, para completar el trato que tenían. El negocio: le damos la nena y un porcentaje de la moneda que hacemos con las mujeres. Correa necesita un negocio como el nuestro pero no tiene mano de obra. Nos dará casa en el barrio, seguridad y toda la calle Santa Fe. Te dije viejo, te dije que había que hablar con este Correa, ya me lo habían dicho. El marido no le contestó palabra, estaba sentado en una silla con las botas sobre la mesa. En sus manos una franela, sobre sus piernas, una escopeta recortada.

Mabel llegó a la casa muy cansada, desarreglada y con suficiente olor a hombre como para ser confundido con uno. Al entrar, notó a un hombre parado bajo el dintel de la puerta. Una voz se acercó desde lo lejos gritando: acá está, ella es nuestra Mabelita, era la gorda. El hombre no tendría más de 30 años: la miró, corrió el pelo de su cara y la tomó por la pera, levantó su cabeza para examinar el rostro. El ojo morado apenas se notaba. ¿Querés ir a vivir conmigo?, preguntó Correa. Mabel era la excepción.

31/10/10

Deja un comentario

Archivado bajo literatura

La Tora y Escopeta


Si Buenos Aires era tu patria por aquellos años mozos, tenías que tener un bautismo y un nombre, uno solo.

By Steff

Llegaba, por costumbre, más temprano que tarde, cuando alguien digno era presentado en sociedad, es decir, con la gente de la mala vida. Se hacía una vez y para siempre, hasta que la muerte los separe. El nombre era todo lo que se tenía: era garantía, reputación y palabra, infundía miedo, generaba confianza o mostraba debilidad. Por eso había que observar bien, pensarlo mucho y dar en la tecla de entrada, no sea cosa que se preste a confusión y se trate por cordero a los leones, o al león por cazador.

Cuando Paulina fue llevada, hace añares, a la primer fiesta que organizó Correa, por aquel entonces un joven, con el camino ya forjado, el asunto fue como quien dice, pan comido, pese a que pudo terminar con dos o más fiambres en el piso de madera. La gorda Paulina y el marido rengo eran dos monolitos, tímidos y callados, que apenas metían bocado en la ronda de cuentos y exageraciones varias que con el tiempo se hizo famosa y supo moldear el futuro de varios. En el barrio dicen que con una cintura atrevida y elocuencia mordaz, una tal Mabel supo hacer su carrera en ellas. La cuestión es que la platinada Paulina no aportaba palabra y el marido, un flaco tullido altísimo y de bigotes grises, menos. La concurrencia empezó a preguntarse cómo podía ser que aquellos dos cuerpos fueran los dueños y artífices de tamaño negocio de prostitución en la calle Santa Fe. Cómo podía ser que sin decir palabra alguna se hubiesen abierto semejante camino, solos, en la vida de la noche, en la mala vida.

Pasadas las horas y el triple de copas, dos estafadores veteranos que rozaban los setenta empezaron a pensar en el bautismo. Con una curda apestosa Carlitos y el Nene hicieron correr la voz entre los invitados. Tardaron unas dos horas y media, entre copa, charla y copa en poner al tanto de la cuestión a todos, como era la costumbre. Correa, anfitrión de la noche, hizo los honores: Señoras y señores, propongo un brindis por los vecinos del barrio, ahora socios de la casa, para que vean que trabajando todos juntos podemos lograr prosperidad y oportunidades para todos los del barrio. No hace falta decir que Correa se pensaba a sí mismo como el gobernador que se piensa presidente, y a su fiesta, como inauguración de la campaña. Entonces el Nene y Carlitos tomaron la palabra. Señora Paulina, señor marido, brindamos a su salud dijo el primero y antes de que cualquiera llegase a levantar la copa, se tomó el vaso de un sorbo y lo golpeó contra la mesa. Esperate Nene, reparó el segundo, que todavía falta el bautismo. La gorda, que detestaba ser el centro de atención, miró los ojos de los estafadores con infierno  e hizo cara de suficiente, pero el Nene, en cuanto procesó la oportunidad de un nuevo brindis, se agarró de un medio vaso olvidado y gritó al cielo una broma que jamás olvidará: ¡Por la Mudita y el Rengo!¡Salud! La gorda, furiosa, inclino los hombros hacia adelante, resopló como una locomotora y corrió a toda máquina los cuatro metros que la separaban de los borrachos. Los otros dos, muertos de risa como si nada se regodeaban en su salsa: los tumbó en seco al piso con vasos, mesa y un tercero que cayó en la volada. Correa se quedó azorado, como si hubiese visto el fantasma de su abuelo tomarse un trago en su mesa. Fue tal la velocidad de la gorda que nadie atinó a nada. El marido, para cuidar las anchas espaldas de su mujer en combate, sacó una recortada que llevaba oculta en una de las piernas de su inmenso pantalón gris y apuntó al bulto de gente, por si las moscas. Fueron dos minutos eternos hasta que Correa, de sonrisa conciliadora y un temor bien disimulado dio el paso hacia adelante, explicó el malentendido, calmó a la gorda y pidió al marido que guarde la escopeta. Fue sólo cuando ella le hizo un gesto que el lungo, sin decir palabra, bajó el arma sin soltarla. Alguien se acercó a los borrachos para ver si todavía respiraban y  cuando encontró alguna señal de vida se los llevó a la rastra, seguramente al doctor o a la cama por un buen tiempo. Correa mandó a poner música y que siguiera la fiesta, se acercó a la gorda y al marido, puso un brazo en cada hombro hasta donde alcanzó y les explicó como a dos niños la costumbre del bautismo, una antigüedad conocida del barrio y la importancia del nombre a la reputación de quién lo porta. Les dijo también que para que no haya rencores o malos entendidos, ni problemas con los negocios, los invitaba la semana entrante a otra fiesta que supuestamente estaba organizando y de paso, llevar a cabo el bautismo como corresponde, pero esta vez, agregó, usted no viene rengo y usted, Paulina, no me torea a nadie más.

Años después, cuando las fiestas de Correa se hicieron religión y Mabel con treintitantos tomó la palabra en las rondas, no era extraño que algún mocoso pidiera a gritos y saltos la famosa historia de los borrachos en la casa del mandamás. Pero no se trata de borrachos mi lindo, corregía ella con tono condescendiente pero sensual, como si hubiese estado presente aquella primera noche: se trata de la Tora y Escopeta, las personas más peligrosas que conocí en mi vida.

30/10/10

Deja un comentario

Archivado bajo literatura

El Coronel


Cuando se murió el viejo dejó una cantidad considerable de riquezas que había conseguido, en parte gracias a sus antepasados, pero también, como producto de su trabajo. Tenía buen ojo para el negocio porque resulta que hay personas que simplemente lo tienen y claro, personas que no. Dejó a su familia un patrimonio que durante un tiempo le dio buena posición y cobertura en las necesidades cotidianas: 940 hectáreas en Córdoba, un departamento en Uruguay y cuatro propiedades en Buenas Aires. La ex mujer resentida y los tres hijos del dinero no tardaron en dinamitar su parentesco en la lucha por el botín. El campo y la casa de Uruguay se vendieron al instante, cada uno cortó su tajada e hizo con ella lo que quiso. No eran épocas de campo ni de vacaciones sudamericanas, tampoco de manos con ampollas o gotas de sudor desperdiciadas, era el momento de vivir la vida y así lo hicieron todos. Las propiedades de Buenos Aires se repartieron en partes desiguales según conveniencias y sobornos personales, dejando al final del proceso cuatro individuos sin lazos ni pasiones. La familia se había enfrentado y cada uno optó por caminar hacia su norte. Jamás volvieron a verse.

El Coronel consiguió su apodo en un maratónico juego de póquer, liderando la partida con sus fichas desde el comienzo hasta convertirse en el único sentado alrededor de la mesa. Se ganó quince mil pesos y un apodo que con el tiempo, le haría ganar el respeto de ciertas personas, digamos adecuadas, que todavía no vienen al caso. El Coronel conservó aquella propiedad que había heredado de su padre, juntó la plata de la venta del campo y de la casita oriental y se la jugó a las cartas cuantas veces pudo. Llegó a triplicar su fortuna hasta perderlo todo, llegó a pedir dinero prestado, a robar a Roberto, su único amigo en pié. Llegó a abrazarse de las botellas y cualquier sustancia prohibida, pero al final, siempre al final, seguía siendo el Coronel con su propiedad en Buenos Aires y eso, se dice, pudo haberle salvado la vida.

El inmueble que heredó tras pelearle tasaciones al hermano mayor y convencer con poco trabajo a su hermana menor, pero no sin antes estafar a su ex madre era el más grande los cuatro y con el tiempo y las relaciones adecuadas se convertiría en una mina de oro, pero falta para eso. Era un departamento antiguo de esos que parecen quince casas en una sola y con los que se puede hacer, prácticamente, lo que a uno se le ocurra. Se quedó con el edificio completo, de treinta y cinco metros de frente sobre la calle Paraná, ahí nomás de Santa Fé. Arrancó alquilando por piso, luego por casa, después por habitación, todo sin tocar lo que a él le gustaba llamar el Penthouse, su piso de arriba, para que se entienda. Esa bestialidad de edificio le dejaba lo suficiente como para vivir bien, con algunos lujos.

Desde ese departamento en Buenos Aires rearmó su vida, renovó sus lazos y se hizo de una reputación necesaria en el ambiente de los negocios sin regla, que le abrió puertas a personas otrora impensadas, un mundillo de estafadores, cuervos y malandras que se convertiría, con el tiempo, en su hábitat natural. Pero nadie nunca supo su verdadero nombre, forjó su apodo a base de silencios en cuanto alguien pronunciaba la pregunta, pese a algunos exabruptos: ¡Yo soy el Coronel! ¡Y si tanto quiere saber, mi primer nombre es Señor, carajo!

La Noche, con mayúscula, era lo que había alrededor, el denominador común de esa calaña impopular y esquiva que se juntaba en las fiestas de Correa, uno de los empresarios más importantes y por regla, el más peligrosos de la avenida Santa Fe. Correa era el hombre que le indicaba al perro dónde encontrar al gato, el que le decía al cerdo en qué barro revolcarse o, en definitiva, la persona a la que uno podía acudir por miedo o necesidad. Desde luego, Correa cortaba su porción de todos los pasteles que ayudaba a cocinar. Ése, y no otro, era su negocio.

Una noche, cerca de las cuatro y media de la mañana en una de las tantas fiestas semanales de Correa con, el que menos, siete copas encima, una mujer de curvas exageradas con porte bravucón y muy segura de sí misma, se le acercó al Coronel y le dijo, lisa y llanamente, usted tiene algo que yo necesito. Disculpe, pero no la conozco señora, balbuceó cuidadoso de parecer sobrio. Usted tiene habitaciones y yo se las puedo llenar todos los días. Ya están llenas mis habitaciones señora, respondió nuevamente tratando de espabilarse. Usted no entiende Coronel, yo puedo pagar por día durante todo el año. Se tomó un momento, frotó sus ojos y repitió: por día eh, debería hablarlo con Correa señora, usted sabe cómo es esto en el barrio, tenemos que pedir permiso. Ya está hablado Coronel, interrumpió la morocha de treintitantos y le chocó el vaso de whisky a la mitad con su copa de vino blanco: ahora usted y yo somos socios Coronel, brindo a su salud. Estaba seguro de haber visto antes a esa mujer en grandes rondas de bárbaras anécdotas, era parte de ese mundo, de las fiestas, pero sin embargo no sabía quién era ni qué negocio llevaba. De todas formas, estaba claro que contaba con el favor de Correa y eso, podría ser el inicio de una importante y próspera relación. No hubo mucho más que pensar: salud entonces señora socia, contestó el Coronel. Ella sonrió, por primera vez y le dijo con complicidad: es señorita, señorita Mabel.

29/10/2010

Deja un comentario

Archivado bajo literatura

La Rorro


Tampoco es que era la única mina de la noche porteña, pero se defendía entre tantas otras impresentables con apenas 15 años. Había arrancado con rumbo desconocido desde La Rioja y terminó, por esas cosas de la vida, en el enjambre de la famosa Reina de Santa Fe. Con ella cayeron algunas más, de diferentes lares, lunfardos y apetitos de vida. Las recién llegadas se presentaban ante Mabel y esta que sí que no, complicaba el trámite para tener palanca y negociar su mejor trato: comida, alojamiento y 50% de la tajada les decía, como oferta final, y las otras que sí, que gracias por todo, que no sé qué haría sin usted. No es nada mi niña, no es nada. Si en esta historia hubiese efectos especiales, el sonido exacto sería el de la campana de la registradora: chichín, y los ojos de la Reina y no hace falta decir más.

Lo de Romina era raro. Era la más joven pero bien viva, además linda si la comparamos con, por ejemplo, la Bebé: las cosas bien puestas, risa contagiosa, guachita para el chiste, pero lo más importante, le encantaba laburar. Hacía clientes y clientes, le daba el 50% a la Reina con ojos de agradecida y volvía a arrancar, así, todos los días menos el lunes. Con dos semanas cumplidas ya tenía 3 o 4 González que la cortejaban con regalos y promesas de futuro. Pero la Rorro no quería otra cosa, la Rorro estaba bien así y eso, sobre todo eso, era lo que molestaba a las demás.

Es justo decir que no era mina fácil, no cualquiera se acostaba con la Rorro y alardeaba entre camaradas de conchabo al otro día, que no sabés lo linda que está la riojana, que te enamorás te digo. Para estar con ella había que pagar una moneda importante, porque era la más linda, la más joven, la que no le importaba aprender –que no es poco- y, como mandan las reglas de la economía liberal, la más solicitada. Pero además la Rorro tenía 3 cosas que eran esenciales para laburar en la calle de la Reina y que no tienen que ver con el sexo: desinterés para con el macho, mirada profunda de ojos negros bien marcados, amor por la camiseta. Porque cualquiera pensaría que la Reina era la única con un negocio, pero lejos estaría de acertar la circunstancia. La Reina tenía antigüedad y con ello y un par de cuentos que circulaban en la calle, se había ganado el respeto de otras emprendedoras, pero no era la única, no nos equivoquemos. Entonces cuando llegaba una nena como la Rorro, una nena riojana de ojos negros sin pretensiones ni ataduras, el mercado explotaba y todas las madamas la querían seducir. Había tantas ofertas de trabajo para la Rorro como clientes y la morocha seguía enquistada en la gloriosa Santa Fe de la Reina. Eso, no se discuta, es amor por la camiseta. Lo de los ojos es fácil: ella miraba y conquistaba, miraba antes, durante o después y conquistaba. La Bebé le decía que había escuchado un cuento de una que los seducía con su cuerpo hasta que los miraba directo a los ojos y que los tipos quedaban como piedra, duros, vivos, pero como piedra. La riojana se reía porque le venían con esas pavadas y perdía tiempo valioso para estar con algún cliente. El desinterés por el macho que le tocara era medio bombón de chocolate. No importaba la plata, el regalo, las promesas que le hicieran, la Rorro te hacía el laburito y si querés más, volvé mañana, pero con otra moneda. No hubo González sin pasta capaz de sacarle algo más que un no rotundo y el cachetazo de la Reina, que venía muchas veces de rebote cuando estaba vigilando.

Una noche cayó uno que estaba como tigre cebado, con la cabeza enmarañada por la Medusa porteña, pero sin nada más que lo puesto. La Reina, de guardia, estaba distraída tumbando a uno que se le había acercado desde atrás. Eran ella y él: la Rorro con la camiseta puesta y el González enamorado, la riojana de 15 y el porteño de 17. Podría haber cedido, porque el pibe prometía, podría haber pagado el 50% a Mabel de sus ahorros, podría haberse tomado un recreo de esa noche ajetreada con un frío de cagarse. Romina lo miró, petisa, desde abajo, pero como si estuviese un metro más arriba y le dijo, simple y cariñosa: sin moneda no hay Rorro.

27/10/10

Deja un comentario

Archivado bajo literatura